martes 6 de diciembre de 2011

Entrando a Entre Ríos por el puente Rosario Victoria

Hace unos cuatro años atrás nos fuimos con dos amigos entrerrianos, uno de Crespo, otro de La Paz y quien les escribe del centro mismo de la República de Entre Ríos, cuchillero montielero y chamarritero, a vacacionar a Mar del Plata.
Viajamos trece horas en una f100, con motor Perkins a 80km por hora, pero al fin y al cabo estos paisanos brutos llegaron a la ciudad feliz. Disfrutamos del mar, del sol, de la arena, las chicas, nos paspamos con el mar, nos asoleamos con el maldito sol, teníamos arena hasta por las orejas y con todo ese combo dificilmente conseguiríamos alguna chinita, así que no nos quedó mas remedio que volver al pago.
De vuelta, pasamos por la ciudad de Rosario y allí mismo comenzamos un viaje maravilloso y extremadamente recomendable.
Señora, Señor, hombre o mujer de familia que piensa salir a vacacionar un fin de semana largo, ponga atención.
Desde Rosario hacia Victoria, existe un puente y una ruta, que atraviesa el delta del río Paraná, uno de los deltas mas grandes del mundo. Si puede tomar esta ruta en horas tempranas del día, en el momento mismo en que el sol asoma detrás de las islas, creame que se llevará en su retina una postal inolvidable. Los riachos y canales de agua bordean la ruta, la diversidad de verdes, camalotes y plantas son el trasfondo, el tapiz sobre el que se mueven una gran variedad de aves y si tiene algo de suerte algún otro animalito de la zona. Y para cuando el ojo comienza a acostumbrarse a la belleza verde, aparece al final, en el extremo y a lo alto de la ruta, la ciudad de Victoria, con sus lomadas, con su estilo colonial y con su gente.

De vuelta de estas vacaciones, con la alegría de haber visitado algo tan lindo como el mar, nos miramos a los ojos y con algo de soberbia quizá y mucho de sinceridad nos dijimos, que linda provincia que tenemos, nada tiene este paisaje que envidiarle a nadie.


Por último, no he podido visitarlas, pero me han llegado muy lindos comentarios de las termas de Victoria... si andan por allí me cuentan

martes 25 de octubre de 2011

Apodos... o sobrenombres, como le decimos nosotros

Cola Fina
En la familia del vago, desde el mas viejo hasta el mas joven tenía sobrenombre. Con una particular característica; una característica tan peculiar y a la vez tan común en las familias entrerrianas según verán en los próximos relatos, que casi no llama la atención allí mismo del lugar de donde vengo. Esta característica es que absolutamente todos en la familia eran llamados sin miramientos, sin rencores y sin demasiadas vueltas: "Burro". El padre de la familia, obviamente era el Burro viejo. Y de allí en mas sucesivamente los demás hijos se fueron llamando Burro. Pero como la maldición de los colorados en familia de colorados, los cuales se pierden en el pelirrojo árbol genealógico, los burros comenzaron a notar su total incapacidad de ser identificados. Y esto fue especialmente advertido por los compañeros de la fábrica, en la que trabajaba el hijo menor, los cuales no tuvieron mas remedio que mutar levemente el sobrenombre ancestral para llamar al último de alguna manera que lo permita identificar fácilmente, aunque no siempre estos sobrenombres respeten la efímera lógica comercial que llevaría a pensar en un apodo corto y rápido, que se pronuncie con un chasquido de lengua. No, no fue así. Sábida es la saña que ponen los muchachos del pueblo para renombrar al portador del futuro sobrenombre. Y fue así, que casí sin mas remedio y opciones, luego de recorrer la amplia familia burrera, optaron por ubicarse al final del animal citado... precisamente en la cola del burro se fueron a situar para nombrar al hijo menor. En la Cola fina del burro encontraron la justificación. Y así quedó. Cola fina ha de llamarse el muchacho, por herencia burrera y final.

Cara ´e lluvia
Los Diaz no son lo que se dice una familia precisamente de tipos lindos, pero el último de ellos era singularmente feo. Al igual que los Diaz de Carrera, estos Diaz tenían una troupe de personalidades, no eran simplemente Diaz, eran más que una semana completa. Y por la faz de su atractivo físico, algunos dirían que los Diaz eran una semana de Agosto, esas semanas de llovizna, frío y siestas grises. Pero el último de ellos sería quien rompería con la tradición familiar, por su belleza tan peculiar, o más bien por su falta total de belleza. Sin duda, el último era el mas feo de los Diaz y como el más feo de los Diaz es el día de lluvia, la muchachada no tuvo mas alternativas, que apodarlo al fiero, Cara ´e lluvia, el más feo de los Diaz.

Puente
Con Don Puente vine a dar mas bien por la hija que por sus propias hazañas arquitectónicas, por decirlo de alguna manera.
Para aquellos que no saben, existe una vieja canción muy querida y silbada por nuestros padres, llamada Puente Pexoa y como ya deben intuir la hija de Don Puente, claramente era de apellido Pesoa... no hacen falta mas explicaciones respecto del origen del sobrenombre del padre.

Disfruten uds este chamamé correntinito... Puente Pexoa

domingo 22 de mayo de 2011

Mirando de enfrente

Me decía un rosarino que las ratas que se vieron en el puente Rosario-Victoria son entrerrianas. Yo le preguntaba de quien era el río, y las islas, y el calor del verano, y la maravillosa vista del Paraná desde la ruta cuando se pasa por el delta. Quedé sin respuestas esa noche. Y quedé sin respuestas aquella tarde, sentado en la costanera de Rosario, abrazado a mi novia mientras le decía "lo maravilloso de Rosario, una de las cosas mas bellas, es esa posibilidad, esa alternativa de entre-semana, de escaparse en diez minutos o quizás en menos, y sentarse en un banco cualquiera a orillas del río. Depositar la vista en el horizonte, como quien pone los pies en el agua, y refrescar la vista, el alma, llenarse los pulmones y el corazón de verde, de río inmenso, y encontrar del otro lado, cerquita, a pasos, a la gran República de Entre Ríos... por eso solo ya vale la pena visitar Rosario"

martes 15 de diciembre de 2009

sábado 21 de noviembre de 2009

José Font, alias Facón Grande

Entrerriano y como buen entrerriano hombre de palabra. Gaucho, guapo, honesto, un poco rústico, ducho en cosas de campo, el mejor domador de todo el sur. Este era José Font, el hombre de los caballos, el de la daga cruzada en la cintura, el que todos llamaban Facón Grande.
En 1904 aproximadamente se fue para el sur a la zona de Puerto Deseado y la historia lo recordará por los lamentables hechos de Diciembre del ´20.
Lo conocí por "La patagonia rebelde" de Osvaldo Bayer, que me regaló una amiga y no pude evitar la imponente atracción que genera este gaucho habilidoso y honrado.
Horas antes de su muerte le tendió la mano, al cobarde comandante del Ejercito Argentino Héctor Benigno Varela, quien no solo no respondió a este simple gesto de hombría sino que solo indicó a sus soldaduchos que desarmen al hombre y lo pongan aparte.
Minutos mas tarde el gauchazo Facón, invitaba a Varela y a su séquito a pelear a cuchillo limpio, uno a uno para ver cuan valientes eran, a estos maricotas que lo matarían sin escrúpulos atado a un brete y con la bombacha casi por el piso. Días después se podría ver su cadaver con un tarro de pickles en una de las manos como burla de sus asesinos y la otra cortada a la altura de la muñeca, seguramente para conservarla en formol.
Facón, intimaba a los caballos a partirse al medio antes de bajarlo en plena doma.
Generoso hasta con quienes lo entregaron. Bajito. Apenas si sabía leer y escribir pero con la mano abierta siempre para quienes recurrían a él.
Este gaucho famoso en el sur, resume en algunas pocas palabras la idiosincracia del entrerriano, generalmente vinculado al campo, de corazón grande, de generosidad hasta la inocencia.
Homenajeamos aquí a este grande de la historia.

(En la foto, Facón Grande interpretado por Federico Luppi en "La Patagonia rebelde" de 1974)

sábado 7 de noviembre de 2009

Archicofradía literaria


Con un amigo, casi hermano, hemos cultivado parsimoniosamente, en el transcurso del último par de años la agradable tarea de participar de un Encuentro Literario. A esta liturgia casi mística solo participan un manojo de entendidos en letras y buenas costumbres en un pueblo donde las primeras escasean y las segundas raras veces son sacadas a relucir.

Los jueves por la noche, se junta el elitista grupo del que les hablo e intercambia recomendaciones de lectura, poemas indescifrables y textos inentendibles, abrumados de extravagancia. Allí, a ese lugar de buenas expresiones y malos pensamientos habituamos concurrir con mi compadre. Concurrimos a ese lugar a florearnos con historias inverosímiles de nuestra tierra lejana, manifestando a todos los vientos que no se trata de otra cosa mas que de literatura contada, de un poco de claridad en el oscuro atardecer de la retórica. Concurrimos con la excusa de la buena lectura, con el plumaje abierto en defensa del arte, con la brocha gorda al amparo del buen gusto. Y ahí vamos noche tras noche, sin su conocimiento ni consentimiento, con fines definitivamente mas moderados que el del resto de las luciérnagas, fines que no superan, en el mejor de los casos, la expectativa de conocer una hermosa dama, beber gratis algún brebaje importado de alguna provincia vecina o simplemente apoderarnos de unos minutos de sabiduría del grupo de leguleyos de la prosa y el encaje literario.

Ha sido en las últimas veladas, sin embargo, que se ha detectado o al menos se ha percibido la verdadera intención de nuestra participación tan terrenal. Difícilmente podamos, mi cumpa y yo, disimular nuestra atracción por la literatura cuando entre los concurrentes a dichos encuentros se halla uno con semejantes baluartes de la lectura. Por otro lado poco o nada hemos aportado, y todo esto lo digo desde la distancia y haciendo un significativo ejercicio de autocrítica, para tornar creíbles nuestros comportamientos, cuando con la boca llena de maní hacemos referencia al Péndulo de Fucolt con un chizito prendido en un escarba dientes, meciéndolo entre la concurrencia, o criticamos concienzudamente que Ensayo para la ceguera no fue precisamente el mejor disco de los Twist.

Ha sido en las últimas veladas, también, en que la predisposición del grupo se ha visto menguada y es poco probable que podamos mantener este ropaje de intelectualoides por mucho tiempo mas; ya el grupo, ya la elite de que les hablo aclama por un minuto de sabia lectura de nuestra parte, por un momento de ilustrado comportamiento, por un cacho de cultura por parte de quien escribe y su estimado compañero, pero el lúgubre proceder poco ha hecho para argumentar nuestra dedicación.

No obstante hemos cosechado, en el trancurso del último año y casi como por fenómeno de decantación, con este gran amigo y coterráneo una saludable costumbre que obliga de tanto en tanto pedir el pase a cuarto intermedio de los periódicos encuentros. Cuarto intermedio en el que gustosamente nos reunimos con este paisano, a disfrutar de un plato de sopa caliente, una conversación de mujeres y deleitarse en paz, ahora si de una buena lectura.