Alguna vez, transitando las calles de la capital santafesina, me dieron ganas de comer unos borrachitos. Algo tan común como eso, un pedazo de maza alargada impregnada de almíbar (en grandes cantidades).
Una vez adentro de la panadería, un petisa gordita con cara de “a la primera de cambio dejo este trabajo de mierda”, me atiende con las mismas ganas que Homero Simpson le pone a la educación de Maggie. Decía, una vez adentro de la panadería, le pido —con la certeza de quienes saben que hablamos el mismo lenguaje— un cuarto de borrachitos.
Hete aquí mi sorpresa cuando recibo la respuesta, con mohines de soberbia, por parte de la gorda de la panadería: “¿borrachitos? ¿y eso con qué se come?”.
Inútiles mis esfuerzos por explicarle de qué se trataba, no había razón que fuera valedera porque, en realidad, en Santa Fe los borrachitos no existen. No es que se llamen de otra forma, como suele ocurrir con las tortas negras, sino que lisa y llanamente nadie se les ocurrió fabricarlo, copiando la exitosa formula de sus colegas entrerrianos.
Desconocemos si el resto de los coterráneos que se encuentran en otras provincias más lejanas les ha ocurrido una experiencia similar o bien, si han tenido la suerte de encontrar por esos pagos una delicia tan popular como un borrachito, por lo que los invitamos a contarnos las peripecias que han tenido que soportar en una panadería que no maneja los códigos de nuestra patria chica.
Una vez adentro de la panadería, un petisa gordita con cara de “a la primera de cambio dejo este trabajo de mierda”, me atiende con las mismas ganas que Homero Simpson le pone a la educación de Maggie. Decía, una vez adentro de la panadería, le pido —con la certeza de quienes saben que hablamos el mismo lenguaje— un cuarto de borrachitos.
Hete aquí mi sorpresa cuando recibo la respuesta, con mohines de soberbia, por parte de la gorda de la panadería: “¿borrachitos? ¿y eso con qué se come?”.
Inútiles mis esfuerzos por explicarle de qué se trataba, no había razón que fuera valedera porque, en realidad, en Santa Fe los borrachitos no existen. No es que se llamen de otra forma, como suele ocurrir con las tortas negras, sino que lisa y llanamente nadie se les ocurrió fabricarlo, copiando la exitosa formula de sus colegas entrerrianos.
Desconocemos si el resto de los coterráneos que se encuentran en otras provincias más lejanas les ha ocurrido una experiencia similar o bien, si han tenido la suerte de encontrar por esos pagos una delicia tan popular como un borrachito, por lo que los invitamos a contarnos las peripecias que han tenido que soportar en una panadería que no maneja los códigos de nuestra patria chica.